Marisela Salvatierra: Una lección de vida


“Kalinga es un mensaje de paz para los venezolanos. La ciudad que le da el nombre a este premio sentó precedentes en el mundo y transformó a una dinastía, en un ejemplo de paz y convivencia. Quisiera que todos los venezolanos siguiéramos ese mensaje”.

Los valores que sostuvieron su misión de vida, más allá de las adversidades, fortalecieron su capacidad de servir en las causas más nobles y justas, por las que entregó su existencia misma. Sin duda,  el amor, el compromiso y la honestidad, inspiraron la vida y obra de la venezolana Marisela Salvatierra, primera mujer periodista científica en ser galardonada con el Premio Kalinga (2002).
A lo largo de 26 años de trayectoria periodística, se destacó por ser una militante y combatiente de las luchas ambientales por un mundo sostenible, logrando sembrar y recoger un legado inmenso como divulgadora de la ciencia y la educación ambiental, inspirando a muchos con su trabajo constante, coherente, emprendedor y de sólidos principios éticos.
Su rostro dulce, de sonrisa contagiante y mirada digna, contrastó siempre con la tenacidad y la entereza con que enfrentó las vicisitudes en su vida.

FORTALEZA FAMILIAR
Francisca Marisela Salvatierra Nieto nació en Mérida, ciudad enclavada en la Cordillera de Los Andes venezolanos, el 2 de agosto de 1952, bajo la mirada amorosa de sus padres, Eliseo Salvatierra (+) e Hilda Nieto de Salvatierra y de sus cinco hermanos mayores Alice, Elías, Jorge, Luís y Miguel.
De férreos principios morales, la familia Salvatierra Nieto inculcó a sus hijos el valor del trabajo perseverante, sustentado en una sólida educación académica y profesional.
El trabajo de su padre en la industria petrolera requirió constantes traslados por la geografía de Venezuela, por lo que a la edad de cuatro años, Marisela se mudó junto a su familia a la ciudad de Barinas, en los Llanos occidentales, donde cursó sus estudios de primaria en la Escuela “Estado Guárico” y los dos primeros años de la secundaria, en el Liceo “Daniel Florencio O’Leary”.
“A mi padre, frecuentemente lo transferían de un lugar a otro, y eso me permitió conocer el país, a valorar sus tierras y a presenciar un universo distinto en cada región. Donde estuvieran sus seis hijos, mi padre quería juegos al aire libre, quería antes que nada que fuésemos niños. Siempre vivimos a las afueras de las ciudades y ese contacto directo con la naturaleza me hizo acercarme cada vez más a ella”[1].
Su hermano Miguel recalcó lo apegada que era con su padre, además de ser buena estudiante, alegre, muy simpática y con muchos enamorados, aunque aseguró que no se le conoció novio en la juventud. “Fue endureciendo su carácter con el tiempo y con los inconvenientes que le trajo la vida”.
En 1966, la familia regresó a Mérida donde Marisela culminó sus estudios secundarios en el Liceo “Libertador”, obteniendo el título de Bachiller en Humanidades. De inmediato, ingresó a la Universidad de Los Andes a cursar la carrera de Educación, porque tal como lamentó Marisela “allí no había periodismo”.
En 1973, hizo un alto en sus estudios y viajó a Brasil, aprovechando la estadía de su hermana Alice en São Paulo. Esta experiencia de ocho meses en el país carioca le permitió aprender el idioma portugués, trabajar en el Consulado de Venezuela y practicar la samba.  
Cuando regresó a su país, se empecinó en lograr su sueño de estudiar Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela. Y lo alcanzó. Caracas fue la ciudad que albergó sus más anhelados sueños.

COMUNICADORA INNATA
La Ciudad Universitaria de Caracas recibió a una joven idealista, que en poco tiempo se destacó por ser una de las mejores y más populares estudiantes de aquel grupo que ingresó en 1974, a la escuela de Comunicación Social.
Sus compañeros de cátedra Marcos Tirado y Luis Cova, coinciden en que desde los primeros semestres de la carrera, Marisela se dedicó al tema ambiental. “Ese apellido, Salvatierra, no era casual. Ella se convirtió en una militante del ambiente, se formó bajo esa consigna y que luego hizo de ella una cruzada, especialmente con el tema del desarrollo sustentable y la educación”. De hecho, su tesis de grado presentada en 1982 y con la cual obtuvo la Licenciatura en Comunicación Social, versó sobre “La Prensa y la Educación Ambiental”
Para ayudar a costear sus estudios, Marisela trabajó en el Banco Nacional de Descuento donde destacó por ser muy escrupulosa hasta con el último céntimo, que debía devolver a los ahorristas. También se desempeñó como secretaria en el entonces Ministerio de Obras Públicas, bajo la dirección del ingeniero Arnoldo Gabaldón.
Esta última relación laboral la vinculó con toda la efervescencia nacional e incluso, internacional que generó la creación en 1977 del Ministerio del Ambiente en Venezuela, cuyo Ministro-Fundador fue, precisamente, el jefe de Marisela.

SEMILLA DINÁMICA
El país fue pionero a nivel de América Latina y el tercero en el mundo, en dar un paso adelante en políticas públicas y responder así, a las iniciativas ambientales propuestas en el marco de la Conferencia Mundial de Naciones Unidas sobre el Medio Humano, realizada en Estocolmo (1972), donde se recomendó a los países miembros decidir las transformaciones institucionales necesarias, para instrumentar los principios de planificación ambiental adoptadas[2].
A partir de 1977, Marisela formó parte de aquella vorágine de ideas que fueron recreando un panorama y una discusión, sobre el significado de la dimensión ambiental en Venezuela, y las estrategias comunicacionales para su incorporación en la vida ciudadana. Fue una época en la que todo estaba por hacer y aprender, porque el tema ambiental irrumpía en las políticas mundiales, regionales y locales con un dinamismo tal, que exigió del Ministerio del Ambiente implementar programas de formación permanentes, dirigidos a todos sus funcionarios.
Y Marisela fue esa mujer viva, dinámica y ávida de conocimientos, que respondió a las exigencias y a los retos que suponía cimentar por vez primera, las políticas ambientales demandadas por un país petrolero como Venezuela. Trabajadora, emprendedora y luchadora, pero también con un carácter recio y determinante.
“El sentirse parte de ese grupo que ayudó a darle vida  a la gestión ambiental en Venezuela, fue uno de los grandes regalos que Marisela sintió, saberse parte de una institución como el Ministerio del Ambiente era su mayor capital, eso significó mucho y fue motor en su vida”[3].
Durante ocho años asumió la responsabilidad de llevar adelante la revista especializada “Ambiente” (1977-1987) y luego como editora en jefe de la revista Profauna (1996-2000), ambas publicaciones adscritas al Ministerio del Ambiente y reconocidas como fuentes de creatividad y de innovación.
“Ella se destacó por su calidad profesional, gran capacidad de trabajo, excelentes relaciones y su dinamismo al momento de emprender proyectos. Su compromiso era hacer de la revista del Ministerio una referencia nacional, de categoría, de calidad, y cuando comienza a posicionarse en el público, es vista como una revista no sólo institucional, sino de consulta obligada por el nivel técnico y científico de sus artículos. Tenía un gran espíritu de trabajo, era incansable, profundamente defensora de las luchas ambientales en Venezuela, convirtiéndose en una referencia nacional y no en balde gana reconocimientos y premios en periodismo científico y ambiental”[4].
Al mismo tiempo, Marisela desarrolló un amplio trabajo en el campo de la investigación periodística que para muchos, escapaba de la visión tradicional del reporterismo, porque ella era capaz de producir información científica y no sólo decodificar lo que otros decían.
“La Contaminación Atmosférica”, “El Proceso del Deterioro Ambiental en la Historia de Venezuela”, “Venezuela y sus Problemas Ambientales”, “Suelos y Tierras de Venezuela”, “Las Poblaciones Animales de Venezuela”, “Las ciudades en Venezuela”, “¿Por qué nos inundamos”, fueron algunas de sus publicaciones editadas por Maraven, filial de Petróleos de Venezuela (PDVSA). También, realizó la investigación documental socio-ambiental de la Serie de Estudios Regionales “Sistemas Ambientales Venezolanos”, editada por la mencionada empresa petrolera, con títulos referidos a nueve regiones del territorio nacional.
“Ella producía textos y formaba parte de inventarios ambientales, de manera que para personas como yo, era inspirador ver a una periodista que de alguna manera desarrollaba un camino distinto de lo que pudiera ser el periodismo. Había algo en ella que era capaz de inspirar a los demás a hacer cosas distintas, tenía esa capacidad motivadora”.[5]



Constantemente estaba mirando qué hacer, cómo innovar y fue así que ideó la producción del programa radial “Evolución”, que durante 10 años se transmitió de forma ininterrumpida los sábados a través de la emisora Radio Caracas Radio. Sus colegas Marcos Tirado y Luís Cova compartieron por muchos años la producción de este espacio dedicado al análisis de los temas ambientales, pero también a la difusión de la riqueza natural del país. “Era una semana intensa de discusión para armar la producción, porque nosotros siempre queríamos darle el enfoque noticioso y que el oyente se formara su propia opinión, pero Marisela no concebía el programa sino bajo el enfoque educativo y orientador”.
Numerosos fueron los galardones que reconocieron su esfuerzo en la divulgación de las ciencias ambientales: Premio de Conservación Maraven, Premio Nacional de Periodismo Científico, Premio Municipal de Periodismo Científico “Arístides Bastidas”,  Premio Municipal de Periodismo Científico “Manuel Pérez Guerrero”, Orden Francisco de Miranda en Segunda Clase, Premio de Periodismo del Municipal Chacao, entre otros.
Su afán en contribuir con un periodista bien formado en la fuente ambiental, la llevó al campo de la docencia, desempeñándose como Profesora de la Cátedra de Periodismo y Educación Ambiental, así como también del Seminario “Ambiente y Desarrollo”, que se impartían en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela.
Además, fue instructora de Educación Ambiental en diversos programas de formación dirigidos a periodistas en ejercicio, tanto en Venezuela como en el extranjero. En México, dictó el Curso-Taller en “Educación y Comunicación Ambiental para el Desarrollo Sustentable”, invitada por el Gobierno de San Luís de Potosí.
“Era una persona que reflexionaba de forma permanente sobre la práctica periodística, miraba todo con lupa. Su crítica era acerca de la superficialidad en el tratamiento de la información. Decía que debía ser tratada con profundidad y complejidad. Eso podía sentirse como una oposición a lo que era la práctica del resto de los periodistas ambientales de entonces, que tendían a escribir de forma más simplificada, pretendiendo llegar a lectores más amplios que no necesariamente te exigían discursos complejos; pero no era una oposición real, sino estrategias distintas”.[6]
El “creo que” nunca estaba en sus expresiones. Marisela pasaba horas y días investigando los informes técnicos que argumentaban y sustentaban sus reflexiones. Por eso, dedicó buena parte de su tiempo al fortalecimiento de un periodismo activo, social y beligerante. “Cuando agarraba la pluma o se ponía al frente de los micrófonos, podía ser muy crítica y molestar quizás a las autoridades de las instituciones del Estado, pero siempre con datos. Ella venía de formarse en un Ministerio del Ambiente donde prevalecía la calidad y la investigación”[7].
Una de sus grandes preocupaciones como periodista, era buscar estrategias comunicacionales que motivaran la participación de la sociedad civil, en la construcción de la cultura ambiental que requería el país.

ENTRE AMORES Y AUSENCIAS
El año 1979 marcó el rumbo de su vida. Se casó en febrero con el también periodista Aquilino José Mata, con quien tuvo a su único hijo, Aquilino, quien, diagnosticado con el trastorno del autismo, se convirtió en fuente de inspiración y de crecimiento humano.
Al poco tiempo, el dolor de la separación matrimonial y la ausencia permanente de la figura paterna para su hijo, impactó su temple. “Pienso que he vivido procesos en los cuales he llegado a tocar fondo y he estado más allá del dolor, por eso he crecido y me he hecho muy humana”.
El nacimiento de su hijo fue el mayor reto que, como madre y mujer, la vida le impuso a Marisela. Pero, incólume en principios y valores familiares, supo sentir ante ese silencio absoluto que “Cuando el amor os llame, seguidlo. Aunque sus veredas sean tortuosas y escarpadas”[8].
 “Ese estereotipo y ese sueño que tenemos las mujeres de la maternidad y de la belleza de ese hijo que corre y habla, juega y crece, que se desarrolla y que te refuerza positivamente, no pudo ser para mí, en un principio, por la incomunicación que el autismo generó en él; pero fíjate que tenemos que verlo aquí y ahora, porque el crecimiento del niño y la evolución de su tratamiento, me permitió crecer con él y eso es lo más hermoso que me ha pasado”[9].
Entre alegrías y sufrimientos, entre el amor y la ira, vivió las emociones más extremas. “Marisela es lo que una vez mi terapeuta calificó como la paciente que vive con más intensidad sus emociones, con una gran capacidad de sentir y elaborar el dolor y el amor”[10].
Por eso, asumió con valentía y madurez el desafío de construir ese puente de comunicación no verbal con su hijo y al mismo tiempo, dignificar el espacio que se merecen los niños y jóvenes autistas en toda sociedad humana.
Se dedicó con más ahínco a su trabajo desde el Ministerio del Ambiente, pero bajo la modalidad de asesorías y consultorías, permitiéndole contar con el tiempo necesario para atender las demandas de formación y de acompañamiento de Aquilino. Su compromiso fue siempre ofrecerle a su hijo los más avanzados tratamientos médicos y brindarle un hogar acogedor donde se sintiera protegido.
En su hogar se respiraba naturaleza, rodeada por sus helechos, ficus, chifleras y la “Dama de Media Noche”, que florea una vez al año a las seis de la tarde y por 12 horas, incluso sus vecinos iban a su apartamento a presenciar este espectáculo tan especial. Además, adoraba visitar las playas del oriente venezolano porque aseguraba que la carga energética que le proporcionaba el mar y la visión sin límite que le inspiraba, la interpretaba como la dimensión misma que el hombre tiene de la vida[11].
Marisela compartió todas sus vivencias y éxitos con su “Aquilinito bello”, como le acostumbraba decir, y lo mismo hizo respecto a sus amigos, a quienes inculcó que lo importante era entender lo que es el autismo, reconocer al autista, darle amor. “Su hijo participaba de sus alegrías y de sus amigos así que todos aprendimos amarlo y a cuidarlo[12]”.
Los 21 de diciembre, los cumpleaños, los agasajos a un amigo, cualquier fecha o acontecimiento era motivo para celebrar los cotidianos milagros en su vida. El encuentro de sus “rayitos de luz”, como nombraba a sus aliados más íntimos, la hacía feliz. Sus amigos disfrutaban de la misma comida especial que preparaba para su hijo, como sus berenjenas a la vinagreta “que le quedaban muy ricas” o su cremoso arroz con leche. Le gustaba experimentar con nuevas recetas al son de la música venezolana, brasilera y los infaltables boleros. “Le pongo magia al arte culinario”, se le escuchó decir muchas veces.
Con cada mejoría de su hijo, la felicidad estallaba en el rostro de esta mujer incansable. “Está muy feliz porque su hijo ha mejorado muchísimo. Tiene un proceso de recuperación que ha impresionado a psicólogos y psiquiatras. Hoy él es capaz de sentir y dar amor y está aprendiendo muchas cosas sobre la vida. Ella ha ido conociendo y descubriendo lo que es capaz de hacer un ser humano por incorporarse a la sociedad”.[13]
Esta “mujer de armas tomar”, logró compaginar su vida de madre con la profesional en un tiempo y en una sociedad donde no era fácil hacerlo.
Su amiga Febres-Cordero presenció varios episodios en los que ella expresaba su profunda molestia “por la forma en que “jugaban” con estos niños y padres algunos entes gubernamentales sin dar respuestas a una de las prioridades de un país, de un Estado y de un Gobierno, que eran sus niños con minusvalía”.
Incluso, “en momentos tú callabas para escuchar a una mujer que defendía lo ambiental con solidez, con pasión y a la que unía un compromiso moral y afectivo con el desarrollo de su hijo Aquilino. Fue una persona que trató de ser toda la vida coherente con sus actos, y eso muchas veces le trajo dificultades; sentarse con un Ministro y decirle lo que ella consideraba que no había hecho bien. Tenía la autoridad moral para reclamar los derechos de estos niños. Ella se convirtió en voz de muchos. En una ocasión le sugirieron no llevar a su hijo a un acto de entrega de premios de periodismo y Marisela se rebeló a tal punto que fue a recibirlo con él. Y por cierto, el niño se portó muy bien”.
La médica psiquiatra Lilia Negrón, especialista en el Trastorno del Espectro Autista y presidenta de la Sociedad Venezolana de Amigos de Niños Autistas (Sovenia), acompañó a Marisela en ese proceso de crecimiento y bienestar para Aquilino, pero también en las luchas por reivindicar sus derechos constitucionales.
“Ella fue secretaria de la Junta Directiva de Sovenia, era una rubia exótica y coqueta, muy colaboradora, comunicativa, siempre buscando recursos en diversas instituciones públicas y privadas. Organizaba reuniones con los padres de niños autistas, preparaba una espaguetada con manguera que los niños disfrutaban mucho. Inventamos la semana del niño autista, una especie de potazo, y ella se encargaba del contacto con los medios de comunicación social. Siempre alertaba a los medios sobre la escasez de fondos de la institución. Para asistir al I Congreso Mundial de Autismo, en Brasil, fue ella quien consiguió los dólares a través de la Asamblea Nacional”.
La presencia de Marisela irrumpía en cualquier escenario. “Era como una campanita, todo el día sonando. Todo lo disfrutaba o lo sufría. Era intensa, sus acciones eran al máximo y todo tenía que ser excelente y perfecto. A ella le molestaba que la gente no cumpliera con su trabajo o que no hiciera las cosas a tiempo”.
Por eso, no sorprendió cuando promovió “La Ciudadela de los Autistas”, proyecto innovador y único en América Latina, de gerencia compartida Estado-Familia, que pretende aliviar las carencias de las personas con autismo, redefiniendo sus estilos de vida y acercándolos a la ecología profunda, con sistemas productivos naturales y orgánicos. Este centro residencial piloto contempla un área residencial, un área administrativa, áreas de recreación con todos los servicios de apoyo y una zona de producción agrícola destinada al cultivo de los alimentos que necesitan los autistas.
Para Marisela esta Ciudadela era semejante a un ecosistema natural, que une y no segrega, porque los niños autistas “viven en una sociedad que no entiende el silencio, en una sociedad que envenena sus vidas, y sus cuerpos no pueden defenderse”.
Sus profundas reflexiones en 26 años dedicados a la divulgación científica y a la educación ambiental, la convencieron que “tal vez los autistas del mundo, nos estén enseñando que autista es la sociedad, que se salió de la trama de los sistemas ecológicos y está poniendo en riesgo el sistema planetario”.
La búsqueda por alcanzar este sueño, significó para Marisela dedicar sus mayores esfuerzos, “en una apuesta obstinada y tenaz contra el tiempo”[14].
Un cáncer de mama diagnosticado en el año 2000, exigía de nuevo atención médica, pero su fortaleza espiritual, el amor infinito por su hijo y el apoyo invaluable de su familia, la impulsaban a remontar cualquier obstáculo.
Y en eso llegó su postulación al Premio Kalinga, con el aval unánime de la Universidad Central de Venezuela, el Consejo Nacional de Universidades, la Asamblea Nacional, el Ministerio del Ambiente, la Comisión de Cooperación de la UNESCO, el Círculo de Periodismo Científico, el Colegio Nacional de Periodistas y Organizaciones No Gubernamentales.

KALINGA
“Cuando fue postulada por varias instituciones nacionales, pidió tiempo para pensarlo. Severos quebrantos de salud le hacían temer por su resistencia frente a la vorágine de actividades que la postulación implicaba. Pero decidió aceptar el reto”[15].
Así fue Marisela. Una mujer de desafíos constantes en todos los campos de su vida, como madre, como hermana, como amiga, como educadora, como periodista. “No le tenía miedo a nada, había establecido redes de solidaridad importantes, una capacidad organizativa altísima. Su potencial como ser humano y profesional, hacía que uno la viera como alguien fuera de serie”[16].
El 6 de octubre de 2003, pocos días antes de la entrega del Premio Kalinga 2002, la muerte sorprendió a esta mujer de firmes convicciones. Su amado hijo Aquilino recibió, a título póstumo, el galardón que simboliza 26 años de trabajo significativo y valioso para la divulgación científica, ejemplo a seguir como digna representante de la herencia Kalinga. 

“Sin comunicación no hay ciencia válida. Tenemos que comenzar a reconocer las voces no escuchadas y a descifrar los mensajes que diariamente nos salen al encuentro”.

[1] Linzalata, Ernesto (1993, 2 de agosto). Una mujer de armas tomar en Economía Hoy, p.
[2] Buroz Castillo, Eduardo (1998). La gestión ambiental: Marco de referencia para las evaluaciones de impacto ambiental. Ediciones Fundación Polar, Caracas, p 123.
[3] Febres-Cordero, María Elena. Entrevista telefónica, octubre 6 de 2010.
[4] Ibíd.
[5] Montes de Oca, Acianela. Entrevista telefónica, agosto 25 de 2010
[6] Ibíd.
[7] Febres-Cordero M, op. cit.
[8] Gibrán, Khalil (). El Precursor. Poemario p 89.
[9] Linzalata, E. Op. Cit.
[10] Ibíd.
[11] Ibíd.
[12] Febres-Cordero, M. Op. cit.
[13] Linzalata, E. Op. cit.
[14] Rodríguez, Francisco (2003). Marisela Salvatierra. En Revista “El Periódico”, Edición Nº 109.
[15] Ibíd.
[16] Montes de Oca A, op. cit.

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