Las golondrinas migratorias y el Programa de Biorremediación


Las travesías de la Curruñatá capa negra

Foto Anderson Araujo en flickr.com
La curruñatá capa negra (Euphonia violacea) alzó vuelo a las cuatro de la madrugada. Una brisa fría acompañó su travesía desde Puerto Ordaz hasta llegar al kilómetro 56, de la autopista que conduce a Ciudad Bolívar.
Su intención era ir al pequeño caserío de Las Galderas. Le habían canturreado que en ese sitio encontraría un hábitat perfecto. Al llegar a la entrada de granzón, un aviso le indicada que debía cruzar a la derecha para adentrarse ocho kilómetros más, hasta llegar al poblado de pescadores fundado por Don Benito y Doña Columba, hace ya 40 años.
La esperaban el martín pescador, el turpial, el carpintero, el arrendajo, la chenchena, el playerito y la chusmita, todas aves propias del Corredor Ribereño del Bajo Río Orinoco; pero además, estaban el perro de agua y el manatí, animales acuáticos que se dejan ver poco entre las aguas del bien llamado río padre de Venezuela.
La curruñatá capa negra fue recibida con un rico guayoyo preparado por el martín pescador, que le ayudó a reponer fuerzas para iniciar, junto a sus compañeros, la ruta por el bosque ribereño de Las Galderas. Al comenzar el paseo, le llamó la atención el trinar de un ave que no lograba reconocer, pero que la sabiduría de la chenchena se apuró a resolver cuando le dijo que era el cucarachero, un ave muy pequeña que cuida muy bien su territorio. 
Las Galderas
Siguieron volando hasta que consiguieron una mata de semeruco bien cargada, que no podían dejar de picotear. Saciado el antojo, continuaron por el sendero que el manatí, con su piel tan gruesa, iba abriendo hasta que el arrendajo le indicó un enorme árbol con nidos de comején donde aprovechan para anidar algunas aves como la pavita, el perico, el parapaico y el loro. Un poco cansada, la curruñatá capa negra se posó sobre un árbol bastante alto, con unas raíces tan grandes que se podían ver sobre el suelo.
-¿Qué árbol es este?
–preguntó
-Es el caramacate, -respondió el arrendajo-, una de las especies más abundantes de los bosques ribereños del Orinoco. Sus raíces tan extendidas, hasta 4 ó 5 metros, le permiten agarrarse de tal forma que al bajar las aguas, no se cae. Con respecto a la pesca, el caramacate tiene un fruto que al ser consumido por la cachama, se amarga su carne y nadie puede comerla. Los pescadores cuando agarran una cachama le revisan los labios y si están morados o negros, la lanzan otra vez al río porque saben que está amarga.

La curruñatá capa negra prefirió no ser tan glotona y dejó a un lado el fruto de “la amargura”, como lo bautizó. En ese momento, el manatí le señaló una marca en el caramacate que indicaba la altura que alcanza el río Orinoco en aguas altas, casi una cuarta parte del inmenso árbol queda bajo las aguas. Se preguntó cómo hacía el árbol para aguantar tanto tiempo en esa condición, pero la chenchena le explicó que eso obedece a unas condiciones fisiológicas del árbol y a su adaptación al medio. Continuó su vuelo hasta que rozó un árbol y el arrendajo la previno de las esponjillas, una especie de planta que se puede ver cuando baja el río, que son muy urticantes y que los lugareños la conocen como pica pica.
Manatí
En eso, se oyó al manatí resollar a lo lejos. Todos fueron hasta donde se encontraba aún asombrado, por el ataque de la garza morena que al verse amenazada, con la presencia de estos intrusos, lanzó el pez, que se estaba comiendo, contra el asustado manatí. Ahí, el martín pescador con su insistente canto, anunció la necesaria retirada del garcero, para así evitar seguir perturbando a estas aves. 
El arrendajo aprovechó para contar que en este sitio anidan hasta doscientas garzas y que cada una de ellas saca hasta dos pichones al año. Dijo que a esta especie le gusta construir sus nidos en las copas de los árboles donde reciben todo el sol. La curruñata capa negra quedó sorprendida, porque también pudo observar no sólo a la garza morena, sino también a la garza blanca y a la cotúa rallada. Ya comenzaba a atardecer cuando el grupo llegó hasta la orilla del río.
El manatí y el perro de agua se lanzaron presurosos a hidratarse para iniciar la otra travesía que la curruñatá capa negra deseaba realizar, porque de toninas había escuchado, pero nunca las había visto. El recorrido comenzó en el caño Corrientoso donde las toninas del Orinoco se observan en manadas de 20 o 30 individuos, según comentó el arrendajo. 
La curruñatá capa negra disfrutó mucho viendo jugar a las toninas con las lanchas que pasaban, pero se fijó que habían dos especies, una grande de color gris con manchas rosadas conocida como jobera y la otra llamada bucios que es de color negro, más pequeña que la anterior pero muy saltadora. De allí, el grupo se dirigió por el caño Mamo hasta llegar al caño Santa Elena donde los gallitos de agua, golondrinas y el gavilán colorado se repartían entre las lagunas El Callao y Callaito. Pero la curruñatá capa negra quedó extasiada cuando llegaron al caño Arrecife, un lugar apacible donde el reflejo de los verdes bosques se confunde con las ondas del río y los peces saltan dando la bienvenida. Decidió quedarse en este caño mágico, claro que de este vuelo, hay historias que nunca se contarán, como aquella en que la curruñatá capa negra fue picada por un alacrán. Pero esa, es otra historia…

Tras una cabeza de Zapoara

La gran fiesta que se desencadena con la pesca del pez más famoso del Orinoco, comienza a deleitar a más de uno que quiere quedarse atrapado en la atarraya de las guayanesas

En esta época, el pescador va sintiendo en su curtida piel el fresco viento “Barinés”, que sopla de oeste a este. Un viento que le aviva su corazón de emoción, fe y esperanza porque “el río se está rizando de zapoaras otra vez”.
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