Un viaje por la hechizante Gran Sabana

 Al traspasar el poblado minero Las Claritas, al sudeste del estado Bolívar, sur de Venezuela, comenzamos ascender la denominada Sierra de Lema, que en realidad consiste en la vertiente septentrional de la altiplanicie de la Gran Sabana, una de las regiones más fascinantes de todo el planeta. 
 Fotos Google

Al llegar al sitio de la Piedra de la Virgen, hechiza la imagen blancuzca que da origen al nombre de esta colosal mole de diabasa. Es una primitiva roca ígnea intrusiva de extraordinaria dureza, imposible de ser volada con explosivos cuando se construyó la carretera en 1973, lo que explica la acentuada pendiente de la vía. Con algo de suerte, en este tramo se puede escuchar al pájaro campana que con su peculiar canto, invita a voltear la mirada para disfrutar de la espectacular vista del paisaje que ha dominado la penillanura del norte dejada atrás, donde el verde intenso se difumina en una lejanía infinita, reveladora de ese paraíso ecológico que es el estado Bolívar. 
A partir de este momento, el visitante se interna ¡Tierra adentro! -como exclama Manuel Pérez Vila- en el territorio del Wazaká o árbol del mundo, en lengua indígena pemón. En este vasto territorio, la imaginación se expande sin límites al contemplar la grandeza de un escenario privilegiado, inspirado sólo por la mano de Dios.  

SUCESIÓN DE CUESTAS
En el ascenso se va sintiendo el cambio de la temperatura que refresca, alcanzando su clímax al llegar a la entrada del impactante sitio desde donde se visualiza el tope septentrional de la Gran Sabana, a 1 500 m snm. El paisaje de la altiplanicie consiste en una sucesión de cuestas muy amplias que declinan altitudinalmente hasta alcanzar los 840 m snm en la población de Santa Elena de Uairén, capital del municipio Gran Sabana, el de mayor importancia geopolítica del estado Bolívar por ser el principal centro poblado de intercambio comercial en los 1 700 kilómetros de frontera venezolana con Brasil, y vigilante de las áreas protegidas de alto valor patrimonial y cultural para Venezuela y el mundo.
Se entra también en el territorio del Kapepiakupé -el lago donde se formó el mundo-, como lo llaman los Pemón, habitantes ancestrales de estas tierras originarias. Este grupo indígena pertenece a la familia lingüística caribe y se considera el tercero más importante del país en cuanto a población y el primero del Estado Bolívar. Según cifras arrojadas por el censo indígena realizado en 2001, existen un total de 27.270 indígenas pemones de los cuales 13.910 son hombres y 13.360 son mujeres. 


Sus escenarios naturales son las cuencas de los ríos Caroní y Paragua y sus prácticas de subsistencia se basan en la pesca, la cacería y la agricultura mediante sistemas de conucos, siendo sus principales cultivos la yuca amarga, mapuey, cambur, maíz, caraotas negras, algodón y tabaco. Su vivienda es de tipo criollo unifamiliar y pueden ser de base circular conocida como churuata o de base rectangular llamada tapüi, con paredes de barro y techos de palma.  Para sus danzas tradicionales se pintan sus cuerpos con tava o caolín y llevan adornos de plumas, hojas de palmas y despojos de caza. El pemón y su hábitat son un todo cultural inseparable (Gutiérrez, 1978), por eso son los eternos guardianes del Parque Nacional Canaima, sitio declarado Patrimonio Natural de la Humanidad en 1994. 

PATRIMONIO ENIGMÁTICO 
Creado el 12 de junio de 1962 como Parque Nacional, en él predominan paisajes contrastantes desde densas selvas arbóreas hasta infinitas sabanas abiertas dominadas por vegetación herbácea e inmensas mesetas que se elevan como castillos protectores de las deidades indígenas. Podemos incluso escuchar la voz de la serpiente que susurrando le decía a Makunaima: “Tu individualidad se desvanece cuando llegas a la sombra de los tepuy, donde las chicharras han invitado a todas las aves a participar…” y tan cierto es, que cualquier humano que visite el Parque Nacional Canaima pierde esa particularidad del ser para integrarse como un todo a la naturaleza mágica de los tepuyes, como llaman en lengua indígena pemón a estas imponentes montañas, uno de los principales atractivos del Parque.


Estas fortalezas rocosas, más allá de inducir en el imaginario colectivo la creencia de un mundo perdido lleno de dinosaurios o míticos dioses, son grandes macizos de areniscas depositadas sobre el basamento del Escudo Guayanés hace 1.600 a 1.700 millones de años atrás, posiblemente sedimentadas en un ambiente lacustre o marino alcanzando espesores de varios miles de metros que fueron fracturados y erosionados posteriormente, durante los cientos de millones de años bajo alternancias de climas áridos y húmedos, sometidos a procesos tectónicos por lo que son rocas que se desmenuzan fácilmente, de allí las formas casi geométricas con paredes verticales que presentan los tepuyes (Huber, 1985), los cuales pueden alcanzar alturas hasta de 2.723 metros como el Roraima-tepui, el más alto del conjunto de montañas del Parque Nacional Canaima.  La flora existente en la cima de estos tepuyes es de un alto endemismo que sólo se consiguen en estas alturas, donde el alma se rejuvenece ante las coloridas Heliamphoras, Stegolephys, Bonnetia, Chimantaea (exclusiva del Chimanta-tepui) y Droseras
La famosa Heliamphora es una temida carnívora que los científicos prefieren llamar insectívora porque en su mayoría sus víctimas son hormigas y otros insectos. Por otra parte, la fauna muestra densidades poblacionales bajas destacando la pequeñísima ranita de color negro, del género Oreophrynella, muy curiosa porque al verse en peligro se convierte en una bolita inmóvil. También puede avistarse el zorro guache (Nasua nasua), una especie de rabipelado (Didelphys albiventris) y especies de murciélagos. Lo mejor de todo es la ausencia de los molestosos zancudos o “puri-puri” (Simulidae) que tanto abundan en las tierras bajas (Huber, 1985). 


El Parque Nacional Canaima, por su extensión de 3 millones de hectáreas, está dividido en dos sectores, el oriental y el occidental. Este último conocido como Canaima abarca un millón de hectáreas delimitadas entre el río Karuai al este y el río Caroní al oeste. En este sector encontramos las localidades de Kamarata, Kavac, Urimán y Canaima con su hermosa laguna que se forma en el río Carrao, así como también el Macizo del Chimantá y el Auyántepui donde se encuentra el Kerepakupai-merú, conocido mundialmente como Salto Ángel, una soberbia cascada de 980 metros de altura que suele confundirse con el Churún-merú, un salto menor de poco más de 300 metros situado a unos 10 kilómetros al suroeste del Salto Ángel.
En el Auyántepui o montaña del infierno, según la mitología pemón, viven los espíritus malignos de Mariwitón y Tramán Chitá, por lo que son incapaces de subir hasta su cumbre, pero para los turistas “criollos” y extranjeros, el Auyán-tepui es la montaña más grande de todo el Parque con más de 700 kilómetros cuadrados de superficie cuyos bordes alcanzan los 1600 metros en su flanco norte y los 2460 en el sur, tan hechizante que los hace volver una y otra vez.
El Macizo del Chimantá explorado en época reciente, esconde bellezas paisajísticas y tesoros biológicos únicos para la ciencia en sus 1.470 kilómetros cuadrados de superficie. Una de sus impresionantes mesetas alberga en sus entrañas la cueva de cuarcita más grande del mundo descubierta hasta hoy, con una longitud cartografiada de 4.482 metros que fue bautizada como “Cueva Charles Brewer Carías”, en honor a su descubridor, cueva que posiblemente sea también una de las más antiguas, (o la más antigua) de la Tierra.


El sector oriental del Parque Nacional Canaima mejor conocido como la Gran Sabana, ocupa una extensión de 2 millones de hectáreas que abarca desde Sierra Lema hasta la frontera con Brasil. Durante el trayecto se pueden observar las amplias sabanas húmedas que incluyen elementos tepuyanos hasta alcanzar el sitio denominado Quebrada de Pacheco en donde comienzan a visualizarse los morichales que festonean los bosques de galerías y las sabanas que se tornan más secas. Hacia el Este podemos apreciar los tepuyes orientales: Tramen, Ilú, Karaurin, Yuruaní, Wedakapuiapué, Uei, Kukenán y el majestuoso Roraima con 2.723 m snm, siendo el de mayor elevación de todas las  mesetas tepuyanas, considerado por la mitología pemón el tronco del árbol que cargaba todos los frutos buenos. En la cara sur del tepuy Kukenán, se desprende vistoso el salto del río de igual nombre, conocido por los indígenas como Kamaiwak-merú, la cuarta caída de agua más alta del mundo y la segunda en importancia en Venezuela con 610 metros después del Salto Ángel.

POLICROMÍA ETERNA
En la medida en que caen los rayos del sol, apreciamos en los tepuyes una policromía de tonalidades debido a los líquenes y algas que cubren las paredes de las rocas. Un ocaso que nos brinda una de las imágenes más sugestivas e impactantes de estas antiguas tierras de leyendas milenarias. Este paraíso lleno de energía ancestral nos abruma de color con las más de 500 especies diferentes de orquídeas que existen sólo en él, además de poseer una fauna excepcional de 145 especies de mamíferos, 495 especies de aves, 60 especies de anfibios, 70 especies de reptiles y 50 especies de peces agrupadas en 5 órdenes y 17 familias, con 14 especies endémicas. Sin embargo, el plan rector del Parque Nacional Canaima ha identificado a los mamíferos: oso hormiguero y armadillo gigantes, perro de agua, tigre y cunaguaro manigordo como especies en peligro de extinción. 

 
CIENCIA ADENTRO
Enclavado en estos parajes encontramos la Estación Científica Parupa, uno de los sitios más reconocidos en Latinoamérica dedicado a la investigación y al conocimiento de la cuenca alta del río Caroní y de la Gran Sabana. Sus instalaciones están bordeadas por el río Parupa y fue creada en octubre del año 1993 por la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) y su filial CVG Edelca con el objetivo de promover investigaciones en la cuenca del río Caroní, formar el recurso humano local y difundir información para sentar las bases necesarias que aseguren la conservación y el uso sostenible de los recursos naturales presentes en la cuenca.
Muy cerca de Parupa encontramos la comunidad de Kavanayén donde apreciamos el hermoso salto Karuai, el Sororopán-tepui y casi podemos divisar el Wei-tepui o La Aguja, muy usado como referencia por los pilotos aeronáuticos de la zona. En este sector hallamos el salto Aponwao donde para algunos es obligatorio disfrutar del primer chapuzón en las aguas ambarinas que cubren toda la cuenca del Caroní, más adelante encontramos el mágico salto Kamá que nos embruja con su particular belleza, quizás porque, según la tradición pemón, nació en él la Venus Zonda-Tiká, diosa de la melodía y de las sierras. Cuando atravesamos el río Yuruaní podemos apreciar al este sus saltos de gran valor paisajístico entre los que encontramos el Arapena-merú y más adelante adentrado en el bosque de galería, el enigmático Kako-parú, mejor conocido como Quebrada de Jaspe donde nos impacta su lecho plano de rojiza coloración y pequeños saltos escalonados, conformado por rocas de origen volcánico conocidas como jaspe que dan el nombre a la quebrada.   


CORONACIÓN QUE HIPNOTIZA
La bendición de este viaje es contemplar al final, lo que se conoce coloquialmente como la coronación de los tepuyes. Las masas de aire provenientes de los vientos alisios del este se encuentran con la presencia de los tepuyes por sus vertientes nororientales y orientales, y se ven obligadas a ascender y formar grandes masas nubosas de extraordinario desarrollo vertical envolviendo las mesetas, originando las grandes precipitaciones que, como agua bendita vendrán a nutrir el nacimiento del Caroní, río que comienza a tomar este nombre a partir de la unión de los ríos Yuruaní y Kukenán. En este encuentro de las aguas, la fuerza del Caroní se vuelve indómita con el aporte de numerosos ríos como el Aponwao y el Ikabarú que con sus aguas alimentan los saltos tan impresionantes como el Eutobarima y Aripichí, que envuelven misterios aún por descubrir...

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