Los tesoros biológicos del tepuy Chimantá

Foto Andreas Fleischmann

Su paisaje de mesetas abruptas y cumbres aplanadas, separadas por grandes extensiones de selva y sabana, hace enmudecer a turistas y científicos que se atreven a retroceder en el tiempo y evidenciar en esas moles, sugestivas figuras que dan cuenta de los procesos de erosión que han resistido a lo largo de millones de años


Es una de las montañas más enigmáticas y seductoras del complejo de mesetas o tepuyes del Escudo de Guayana. En sus 1.470 kilómetros cuadrados de superficie, el macizo del Chimantá, explorado en época reciente, esconde bellezas paisajísticas y tesoros biológicos únicos para la ciencia.
Constituido por rocas sedimentarias e ígneas con una edad aproximada de 2 mil millones de años de antigüedad, el Chimantá está situado en el municipio Gran Sabana del estado Bolívar, al sur de Venezuela, cerca de la ribera derecha del río Caroní y a 150 kilómetros al sureste de Canaima. Su paisaje de mesetas abruptas y cumbres aplanadas, separadas por grandes extensiones de selva y sabana, hace enmudecer a turistas y científicos que se atreven a retroceder en el tiempo y evidenciar en esas moles, sugestivas figuras que dan cuenta de los procesos de erosión que han resistido a lo largo de millones de años.
Desde la primera exploración documentada en 1938 hasta el primer y único estudio ecológico integral de un conjunto de ecosistemas tepuyanos, llevado a cabo por un grupo de científicos multidisciplinario entre los años 1983-1986, demuestran que el macizo del Chimantá es uno de los centros más importantes del endemismo y la diversificación en especies de la región guayanesa.
Este último estudio, publicado en 1992 bajo el título de "Chimantá: Un ensayo ecológico tepuyano", contó con la participación de investigadores de la Universidad Central de Venezuela, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, la Universidad de Helsinki (Finlandia), Edelca, el Consejo Nacional para Investigaciones Científica y Tecnológicas, el Instituto Nacional de Parques, CVG Tecmin y la Fundación para la Defensa de la Naturaleza (Fudena).
Foto Andreas Fleischmann
Según comenta el biólogo Otto Huber, editor científico de esta obra, el estudio integral del Chimantá utilizó “una serie de metodología científicas novedosas que permitieron describir y evaluar de manera más completa la naturaleza e importancia de este mundo tan poco conocido hasta ahora”.
Aunque para el momento de este estudio integral del Chimantá no se pudo medir con exactitud la altitud máxima del macizo, se estimó que alcanzaba los 2.698 metros, sin embargo observaciones más recientes realizadas por Edelca y citadas en el libro “La cuenca del río Caroní” (2008), indican que alcanza una altura de 2.550 msnm.
Una serie de ríos y quebradas drenan el macizo provocando en algunos casos profundos valles que han ido aislando diferentes sectores, de tal forma que al Chimantá lo conforman distintos macizos bien diferenciados, identificándose once tepuyes emblemáticos como son: Eruoda o Murey, Tirepón, Apakará, Abakapá, Toronó, Akopán, Churí, Chimantá, Amurí y Agparamán.

CLIMA Y GEOLOGÍA
El estudio señala que el clima en el Chimantá es “extremadamente húmedo y fresco debido a la altura”. Los datos puntuales de temperatura tomados durante las cinco expediciones realizadas entre 1983 y 1986, por un periodo de 57 días, en los meses de enero a marzo, en 15 localidades ubicadas entre 1.850 y 2.600 msnm, registraron una temperatura máxima de 29,6ºC y una temperatura mínima de 1,3ºC
Flor de la Trimezia chimantensis.  
Foto Karl Weidmann

En cuanto a la precipitación total anual que recibe el macizo, el estudio refiere dos estimaciones: una de 3.150 milímetros basada en los caudales de los ríos y una segunda estimación de 3.552 milímetros, basada en la estación pluviométrica ubicada en la cima del Auyantepui y en las estaciones periféricas próximas al Chimantá como Wonken, Yuruani, Kavanayen, Uriman, Canaima y Kamarata.
Precisamente, el estudio destaca el efecto determinante que ejerce el clima en los procesos erosivos que se evidencian en el macizo donde la abundancia de las precipitaciones contribuye a la degradación química de las rocas constituyéndose en el “cincel que ha modelado los tepuyes”.

FLORA Y FAUNA ÚNICA
Un total de 3.200 especies de plantas fueron recolectadas en la cumbre del Chimantá, por este grupo de científicos durante las cinco expediciones, descubriéndose un género nuevo para la ciencia (Acopanea) y cerca de una docena de especies nuevas. No obstante, “las formaciones arbóreas no tanto de las cumbres sino principalmente de las laderas, guardan aún un considerable número de plantas desconocidas”.
La Stefania ginesi, rana endémica
del Chimantá. Foto Steve Gorzula
En las expediciones anteriores se descubrieron novedades botánicas resaltantes como la Chimantaea, Achnopogon, Mallophyton, Adenanthe o Wurdackia, además de un centenar de especies nuevas, lo que evidencia el alto grado de endemismo y de sorpresas botánicas que aún guarda este complejo ecosistema tepuyano.



La fauna no escapa de esta explosión de riqueza biológica, lo cual se vio reflejado en los 151 especímenes de anfibios y reptiles (herpetofauna) recolectados, encontrando tres especies nuevas para la ciencia. El estudio reportó entre otras especies:
6 especies selvático-montanas: una rana (Hyla sibleszi), cuatro serpientes (Atractus steyermarki, Leptodeira annulata ashmeadii, Liophis cobella trebbaui, Bothrops castelnaudi) y un lagarto (Neusticurus rudis).
4 especies endémicas del macizo: dos sapos (Dendrobates rufulus y Otophryne robusta steyermarki), una serpiente (Thamnodynastes chimantá) y un lagarto (Anolis toddi).
5 especies de cumbre tepuyana: dos ranas (Ololygon sp. y Stefania ginesi), dos lagartos (Anolis chrysolepis eewi y Anadia breweri) y una lagartija (Arthrosaura).
En cuanto a los animales mamíferos (mastofauna), el estudio colectó 33 ejemplares entre murciélagos, marsupiales, oso melero, roedores y danta, destacándose ocho especies (Didlephis albiventris, Anoura caudifera, A. geoffroyi, A. latidens, Rhipidomys macconnelli, Tamandua tetradactyla, Nasua Nasua y Tapirus terrestres), halladas habitando ambientes tepuyanos por encima de los 1.900 metros.

AVES RESISTENTES
Luego de 300 horas dedicadas a observar las aves presentes en el Chimantá, el grupo de expertos concluye que existe una avifauna por encima de los 1.200 msnm representada por Crypterellus ptaritepui, Campylopterus hyperythrus, Polyymus milleri, Automolus roraimae, Thamnophilus insignis, Elaenia dayi, Troglodytes rufulus, Todirostrum russatum, Diglossa major y Atlapetes personatus.
El ave Zonotrichia capensis posa
sobre la Bonnetia multinervia. Foto Karl Weidmann
Refiere que en los bosques de Bonnetia observaron la mayor diversidad de aves y que a pesar de existir abundantes ambientes acuáticos en las cumbres del macizo, sólo una especie de ave acuática fue observada, Gallinago sp. De igual forma, a los científicos les sorprendió lo bien adaptadas que estaban estas aves para soportar las extremas condiciones climáticas en la cima del macizo, observándose “actividad en todas las especies a temperatura de hasta 3ºC”.

POLÍTICAS DE CONSERVACIÓN
El estudio concluye con una serie de advertencias sobre los posibles efectos que pudiera causar la actividad turística sobre este ecosistema. Detallan que la vegetación es sumamente frágil y susceptible al pisoteo, siendo las ramas y hojas de las plantas tepuyanas muy quebradizas y fácilmente inflamables. Además, alertan sobre la baja capacidad de regeneración de la vegetación en la cumbre de los tepuyes.
Por lo antes expuesto, sugieren “la impostergable necesidad de crear figuras jurídicas novedosas en la política de conservación”, que por una parte, permita áreas específicas para el turismo, pero que contemple la preservación e intocabilidad relativa de ciertas áreas, a fin de asegurar la continuidad de supervivencia de organismos únicos y exclusivos “de una naturaleza no sólo extremadamente ingeniosa, sino también generosa”.
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