lunes, 9 de marzo de 2009

Ciudad Guayana enclavada en un parque natural

El Gran Parque Urbano Caroní está integrado por La Llovizna Cachamay, Loefling y Punta Vista donde encontramos una flora y fauna representativa de los bosques ribereños e islas del bajo Caroní

De Ciudad Guayana se dice que es la única ciudad de Venezuela traspasada por un parque natural. El Gran Parque Urbano Caroní está integrado por La Llovizna Cachamay, Loefling y Punta Vista donde Se encuentra una flora y fauna representativa de los bosques ribereños e islas del bajo Caroní.
Estudios publicados en el año 1990, coordinados por la investigadora Judith Rosales, señalan que en estos parques se encuentran 223 especies de fauna silvestre, 148 de ellas son aves, 26 mamíferos, 34 reptiles y 15 anfibios; mientras que entre las especies de plantas más comunes de estos ecosistemas resaltan: guayabita rebalsera (Psidium sp.), jobo (Spondias mombin), guamochigo (Campsiandra laurifolia), guateconejo (Cynometra cf. parviflora) congrio (Ascosmium cf. nitens), caramacate (Piranhea cf. trifoliotata) y el pilón rebalsero (Andira cf. retusa), entre otras.


CACHAMAY Y PUNTA VISTA
El más extenso de los parques es Loefling con 245 hectáreas de vegetación boscosa representativa de la flora y fauna del Estado Bolívar. El nombre de este parque hace honor al botánico sueco Pedro Loefling quien encabezó la primera expedición científica a estas tierras en 1755.
En sus amplios espacios naturales, donde aún existen vestigios de la antigua aldea Cachamay de los aborígenes que habitaban estas tierras durante la época precolombina, Loefling permite integrarse como un todo con la biodiversidad presente en él, a través de la contemplación de las 857 coloridas especies de orquídeas propias de los bosques de Guayana y de las especies de fauna que se encuentran en condiciones de cautiverio (caimán del Orinoco, tigre, serpientes, babas, báquiros, cunaguaro, entre otros) y grupos libres controlados, en su mayoría descendientes de los animales provenientes de la operación rescate efectuada en el año 1968, antes del represamiento de las aguas del embalse de Guri.
Este espacio se funde entre arboledas con la maravilla paisajística que ofrecen los parques Cachamay y Punta Vista, que en sus 52 hectáreas de superficie, regalan la magia natural de los potentes raudales espumosos, imagen cautivante del indómito Caroní, para luego envolverse en la hermosura de las lagunas naturales y en sus densos bosques de colores cambiantes -según sea la época del año-, tomados libremente por los monos capuchinos, acompañantes fieles de los largos paseos a través de los senderos, donde la armonía de la naturaleza se convierte en música con el trinar mañanero de la paraulata, la curruñatá o el cristofué, especies emblemáticas de la avifauna guayanesa.

El cristofué. Foto Google

LLOVIZNA
Aunque, sin duda, el parque La Llovizna destaca por la espectacular caída de agua de unos 20 metros de altura que impacta ante la fuerza que imprime el Caroní en su última vuelta, antes de entregarse por entero al majestuoso Orinoco.
La Llovizna debe su nombre a esa bruma misteriosa, producida por las millones de gotas de agua que al chocar contra las rocas, se elevan en un rocío refrescante para beneplácito de los visitantes, deseosos de disolverse en esa llovizna permanente.
El propio Walter Raleigh en 1595, describió la sonora caída de agua de la Llovizna como “formando una torre de una iglesia y cayendo con tal furia que el rebotar de las aguas causaba la impresión de una inmensa humareda que se desprendiera de una enorme ciudad…mis compañeros ardían en curiosidad por acercarnos más al horrísono cataclismo líquido”.
Una eterna neblina o “humareda” que eleva el espíritu ante tanta belleza indomable de los raudales y las apacibles lagunas, que bordean las 26 islas entrelazadas por hermosos puentes y senderos sumergidos en el denso bosque que cubre las 160 hectáreas del parque La Llovizna.
De rama en rama, el mono capuchino suele acompañar a los visitantes de los parques en sus recorridos mañaneros. Foto Google
Pasear por sus senderos de helechos y orquídeas, es toparse con el chiguire, el mono capuchino, la pereza de dos dedos, el mono araguato, el sapito minero, encontrando en las lagunas, cachamas en abundancia, aymaras, guabinas, payara y coporo.
Todo un estallido de colores y sonidos recreados acertadamente por el hacedor de parques Rafael Mendoza quien supo pincelar en La Llovizna todo el amor desmedido que siente por la naturaleza, creando una variedad de jardines con especies autóctonas de la región y una serie de obras recreativas como el Teatro de Piedra.
Esta “pequeña selva enclavada en Ciudad Guayana”, como le dice Mendoza, atrapa a sus visitantes liberándolos del ritmo acelerado de una ciudad en permanente progreso y, más aún, se erigiéndose como un ecosistema que, aunque intervenido por el hombre, es el mejor salón de clases para enseñar la importancia de conservar la rica diversidad de flora y fauna de nuestra región y valorar la riqueza hídrica del Caroní, antes de su desembocadura en el Orinoco.
Este encuentro de las aguas, como comúnmente se escucha decir en Ciudad Guayana, es un fenómeno natural digno de esos códigos silenciosos que el medio ambiente establece en su faena diaria de la creación. Un espectáculo tan asombroso, que hizo correr al explorador Walter Raleigh hasta la cima de las primeras colinas de las llanuras cercanas al río y contemplar “esa maravillosa escisión de las aguas que corren Caroní abajo”. Un regalo de la naturaleza, moldeado por el hombre, que merece ser conservado.
El Parque Cachamay regala la magia natural de los potentes raudales espumosos, imagen cautivante del indómito río Caroní. Foto Google

Suelos milenariosLos estudios realizados por Judith Rosales en 1990 indican que “una porción de los suelos existentes en los parques La Llovizna, Cacahmay, Loefling y Punta Vista se han desarrollado a partir de materiales geológicos más recientes”, tal es el caso de las áreas más elevadas de las islas Zapateral, Los Novillos y Cachamay en los parques La Llovizna y Loefling “donde los suelos están constituidos por arenas y arcillas de la Formación Mesa”. Por su parte, el estudio señala que esas grandes rocas que afloran en los raudales de Cachamay, en el salto La Llovizna pertenecen al complejo Imataca formado hace 3 mil millones de años.
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